Nuestras Islas Malvinas

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LAS MALVINAS SON ARGENTINAS

17.7.09

Estudiantes Campeón de la Copa Libertadores

"LIBERTAD ES EL DERECHO QUE TIENE CADA HOMBRE DE CUMPLIR CON SU DEBER"
JOSÉ MARTÍ

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UN CAMPEÓN CON ESPÍRITU AMATEUR

Por Jorge Barraza

Se puede hablar de gesta, está permitido el término héroes. Un romántico aire amateur impregnó la conquista de Estudiantes de La Plata. La Libertadores fue a los brazos del muchacho que la quiso más, sin importarle su posición económica, sin mirar con interés el porvenir. La sedujo la viril propuesta albirroja y allá está, en La Plata, acariciada por manos que la quieren, abrigada por el calor del afecto.
Nunca sobrevoló en esta bella cruzada estudiantil la ignominiosa palabra dinero. Nadie preguntó “¿cuánto nos toca…?”, lo pecuniario se conocerá mañana, pasado. Es hora, aún, de celebraciones. El pueblo de Estudiantes, tan heroico y decisivo en la proeza de sus gladiadores, está de festejo corrido, cuando termina, termina. Es tiempo de beber y celebrar.
La caravana de la victoria, al retorno, tardó siete horas en llegar a La Plata. Veinte mil acompañaron al bus a paso de hombre con bombos, banderas, cornetas; una muchedumbre impresionante esperaba en la ciudad de los tilos y las diagonales. Sobre una foto de decenas de miles de cabezas, el diario Olé tituló “Estudiantes de la Patria”. Un acierto periodístico. En la noche del Mineirao, todos terminamos siendo pincharratas.
La tradición argentina dice que cuando un equipo juega la final de la Libertadores, todos los otros le vamos en contra. Pero Estudiantes nos ganó el corazón, todos trabábamos juntos, todos saltábamos a buscar el centro. El Mineirao era un caldo hirviente en una olla que parecía explotar de aliento para el Cruzeiro, pero del otro lado había millones dentro del campo, empujando cada acción de los soldados albirrojos.
Podía estar enfrente el Real Madrid o el Manchester, iba a ser igual una batalla brava para cualquiera. Estudiantes encarnó la fuerza de la fe, lo impulsaba el entusiasmo.


Esta victoria gigante iguala las tres anteriores del mismo Estudiantes, todas las de Boca y las muchas de Independiente. Fue conseguida a punta de entusiasmo, de hombría, de una garra bien entendida. No el juego de los golpes y las bravuconadas que, a veces, se mal llama garra. Cuando se vieron en desventaja en el resultado, 70.000 cruzeirenses se unieron en un coro imperativo: “¡Ra-ça… Ra-ça… Ra-ça…!” (garra en portugués). Reclamaban ese mismo producto que Estudiantes derramaba sobre el césped en generosas cantidades. Sabían que sólo con fútbol no alcanzaba.
El diario Lance, de Brasil, calificó de bochornosa la actuación del árbitro chileno Chandía. Nada que ver, sacó adelante un partido volcánico, jugado con auténtica pasión. Y no incidió en el resultado. Estudiantes ganó con armas limpias, con un Verón inteligente y un equipo compacto, de extraordinaria marcación en todo el campo, desde la salida de Cruzeiro hasta su propia área. Jugando al límite físicamente, cuidando la pelota y con una concentración fabulosa.
Pareció que Cruzeiro ya había dado por ganada la Copa antes de jugar. Se palpaba en su gente, en los medios, en las declaraciones. Se consideraban un equipo muy superior a Estudiantes. El mismo Tostao, respetadísimo analista, lo afirmó en su columna previa. Nunca lo demostró Cruzeiro. Estudiantes fue más al cabo de las dos finales. A su arquero Fabio lo apodaron “El héroe de La Plata”. Por algo es. No hicieron una lectura importante: en 10 de los 15 juegos anteriores Estudiantes no había recibido goles. Y estuvo casi 9 partidos consecutivos con la valla invicta. Eso habla de una defensa como mínimo, atenta.
El exceso de confianza no demerita en modo alguno a Cruzeiro, excelente animador de la competencia que se cargó a Gremio y al San Pablo en fases previas.
¡Qué bella final de Copa! El ardor, el deseo en su máxima expresión. Cabe aquí un homenaje al futbolista, que ante la instancia cumbre entiende el mandato de la gente y deja el alma en la cancha. Nadie guardó nada, nadie cuidó su propia integridad física, ninguno midió ni reguló esfuerzos. Allí adentro todo hay que hacerlo con el rigor supremo, la atención suprema, con velocidad e inteligencia. Tanta intensidad genera, naturalmente, roces. Pero fueron los normales en un cotejo tan especial. De ahí surge la calificación para el árbitro: muy buena.


Existe una simbiosis única entre Estudiantes y su hinchada. La gente se mata por el equipo porque sabe que el equipo se mata por su gente. Y viceversa. Todos son hinchas, incluidos los jugadores, el presidente, el boletero, la cocinera o el masajista. Ello genera una terrible fuerza centrífuga en la que parecen moverse todos juntos.
Existe, también, una premisa de la historia. La que creó aquel equipo tricampeón de América a fines de los ’60. Parece empujar, compeler a los actuales a respetar aquel precepto de entregar hasta la última gota de sudor.
Ahora las ofertas del exterior desarmarán el cuadro. Es inevitable. Pero la gloria no tiene precio. No se toca. Nadie la puede llevar a Italia o España.
Estudiantes es el primer campeón proveniente del repechaje. No fue armado con millones, está hecho de ilusión. Perdiendo con Sporting Cristal comenzó un largo peregrinaje hacia la cima. Y en el camino se fue haciendo fuerte. No brilla, no encandila ni deslumbra. Igual, no es un campeón cualquiera, pide un lugar en la historia.

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9 de julio del 2007. Cae nieve en Monte Grande

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